La Melesca

EL CHALLAO

Imagen de portada: El Challao (1920)

 

Raúl Romero Day nos traslada a una Mendoza desolada, donde sus pobladores intentaban reconstruir una ciudad devastada por el terremoto más cruel de su historia. Paisajes, costumbres, historias de amor y figuras públicas dan vida a este relato sorprendente.

 

 

por RAÚL ROMERO DAY *

 

 

A unos siete kilómetros de la ciudad de Mendoza, hacia el oeste, se levanta entre los primeros cerros precordilleranos la antigua villa veraniega de “El Challao”. Esta “hondonada de agua”, como indica su nombre, durante largas décadas aprovisionó del vital recurso a la capital por medio de un acueducto de remembranzas romanas para finalmente surgir en un pozo en la fundacional plaza de armas, hoy Pedro del Castillo. La villa, a finales del decimonónico siglo era lugar de esparcimiento, descanso y reunión de las principales familias lugareñas, por ser fresca, contar con vertientes y paisajes bucólicos, y portar un tinte aristocrático, posiblemente debido al paso del Marqués de Sobremonte por el sitio.

Edmundo Day reaccionó al terremoto de 1861[1] comprando a Doña Encarnación Correas, en la cuenca pluvial, varias hectáreas, deviniendo en la única propiedad al este del arroyo que regaba y riega el andino enclave. Este médico inglés había sobrevivido al sísmico embate junto a su hijo Ricardo, mientras su mujer Juana Chenaut Delgado y otros seis hijos quedaron sepultados bajo los escombros de la histórica casa que habitara el Gral. San Martín, en la actual calle Corrientes.

Ruinas del Templo de San Francisco

A la usanza local construyó entre estos cerros una casa de seis habitaciones con galería al este y al oeste, sostenida por sólidas piedras talladas por los indios. Luego, propuso y contrajo matrimonio con Carmen Zapata, la nieta de Dn. Joaquín de Sosa y Lima y, por ende, también sobrina de la oscura María de la Luz [2], mujer de Tomás Godoy Cruz. El hogar del cabildante Sosa y Lima se levantaba frente a la única iglesia de la Mendoza colonial con una sola torre, San Agustín.

Las gruesas paredes de adobe con techo de cañas del nuevo hogar, rodeadas de un cañaveral que da nombre el fundo, cactus y chañares, pronto se alegraron con el arribo de tres hijos: María Mercedes, Jorge y Blanca Carmen, y enseguida entristecieron con la muerte de su dueña. Los niños tuvieron los mejores profesores, el dibujo, el canto y la música no faltaron, perfeccionándose la hija mayor en tañir la cítara al ritmo del piano llegado de Londres, junto con baúles de libros para enriquecer la vasta biblioteca y las mentes pueblerinas. Así transcurrieron veinte años. El padre exigente, sobrio, de pocas palabras, predicaba estrictamente la observancia de la moral señalada en sus tiempos victorianos y, tal vez, prevenido por los relatos de algunas relajadas costumbres locales como los baños “en cueros” en el Tajamar[3] al tiempo que las damas paseaban por la Alameda saboreando los helados de canela.

Tan férrea era la voluntad disciplinaria del sajón, que hubieron de hacerse motivados esfuerzos para convencerlo que autorizara a María a cantar, junto a Aurelia Goldsack, en la recepción que se le hizo a Domingo Sarmiento en la quinta del tío Francisco Civit, por la fama donjuanesca del ensordecido “padre del aula”, allá por el 1884.

Sabido es que no hay peor ciego que el distraído, y Dn. Edmundo estaba… tuerto.

Jorge se había enamorado de una joven viuda que habitaba en la ciudad vieja, frente a las ruinas de la única torre de San Agustín [4], a dos cuadras de la plaza donde se jurara, por primera vez, la Bandera de Los Andes. La joven carecía de buena fama y de relaciones familiares influyentes. Por su parte, el enamorado debía proseguir sus estudios y alcanzar los estándares fijados por su padre. La relación era imposible. Sin embargo, la pasión obligaba a Jorge a visitar todas las noches la razón de sus desvelos, lo más discreta y ocultamente posible. El hijo de Albión[5] había oído de la dama y sus ligerezas y, obviamente, conocía las ansias de la juventud.

Era verano y la familia se encontraba ya instalada en El Challao, por lo que el joven Jorge debía escaparse cuando el viejo médico se encontrara ya dormido, y sin poder hacer uso del coche, ni de caballo alguno, ante el riesgo de despertar a la familia o a los sirvientes. Así las cosas, el fervoroso amante debía atravesar a pie y a oscuras la cerrillada, copiando la ruta del acueducto hasta llegar a la plaza y arribar, finalmente, a la casa de su amada. Antes del amanecer debía desandar sus pasos y acostarse antes que el galeno, que no autorizaba siestas mientras el sol brillara, despertara.

Pasaron los días y nadie parecía entender porqué Jorge deambulaba soñoliento, enflaquecido y agotado por las galerías, ya no cantaba en las tertulias que se estilaban en la sociedad serrana y sus zapatos estaban por demás gastados. ¿Estaría enfermo?, ¿mal alimentado?, ¿cuál sería el remedio a su malestar? Lo que sí estaba claro, no existían dudas, es que había que comprarle necesariamente nuevos botines. El ojo del experto del facultativo controlaba disimuladamente la alimentación y los síntomas de su hijo, y no alcanzaba a descubrir el origen de sus males.

 

A todo esto, debía sumarse el principal asunto que convocaba la atención de todos: María se casaría pronto. El lugar señalado para tan importante acontecimiento era la casa de la villa veraniega. La primera carecía de oratorio y la segunda se encontraba falta de parroquia, por lo que hubo de buscarse un cura que bendijera la sagrada unión. Se recurrió al viejo “confesor” de la abuela Mercedes Sosa, criada en la casa de su padre, frente al templo del santo de Hipona[6].

Fue una mañana de noviembre que, junto con la vajilla alemana, regalo de Sarmiento para la nueva familia, arribó a “El Cañaveral” un quejoso surrey[7] transportando al viejo monje para acordar los detalles de la ceremonia nupcial. Entre abrazos, recuerdos, acuerdos y coincidencias, llegó la hora del almuerzo invitándose al hombre de la iglesia a compartirlo, junto a todos los hijos, incluido Jorge.

Fue enorme la sorpresa de todos los comensales cuando el “padrecito” reconoció en Jorge a aquel joven al que veía todas las mañanas parado frente a su iglesia, muy temprano, antes que aclarara el día, cual penitente de alguna promesa o trabajador de madrugada, sospechaba el cura, porque al abrir el último cerrojo del ruinoso templo, el “buen cristiano” ya había partido a paso acelerado.  Como el santo varón había advertido el calamitoso estado de los zapatos de su visitante matutino y, creyéndolo tan laborioso, intercedió ante Dn. Edmundo para que le proveyeran un nuevo par.

El viejo inglés escuchó la historia, levantó la vista, miró al agustino, luego a Jorge que lucía tan blanco como el mantel y con la mirada fija en las calas recién recogidas junto a la vertiente, y, por último, se acordó de la célebre viudita, vecina del clérigo. Sin perder tiempo, con su más amplia y generosa sonrisa contestó que por supuesto se encargaría inmediatamente del “tema”, es más, al día siguiente mandaría al propio interesado a buscar ese par de botines tan necesarios.

Efectivamente, los tendría que buscar en… Inglaterra.

 

 

Imágenes actuales de El Challao: delchallao.blogspot.com

 


 

* RAUL ROMERO DAY: Docente, abogado, escritor. Profesor en distintas universidades de Mendoza. Miembro honorario y presidente del Centro de Genealogía de Mendoza, presidente de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza y miembro correspondiente de la Academia Chilena de Historia y Geografía. Autor de “Mendoza a Lima: diez pasos a la libertad” (2017)

NOTAS DEL EDITOR

[1] El terremoto ocurrió el miércoles 20 de marzo de 1861, a las 20:36 hs. Según los registros, su magnitud alcanzó los 7 grados en la escala de Richter y una intensidad de IX de la escala Mercalli. Mucha gente quedó bajo los escombros de sus viviendas. Se produjeron incendios ya que se utilizaban velas o lámparas con bencina para alumbrarse. Destruyó la capital provincial, causando la muerte de 4.247 personas, casi el 50% de la población. Lo consideraron uno de los terremotos más desastrosos del mundo, en el siglo XIX.

[2] Refiere a María de la Luz Sosa y Lima. En 1823 se casó con Tomás Godoy Cruz, reconocido hombre público y estrecho colaborador del Gral. San Martín y su gesta; congresista en Tucumán y gobernador de Cuyo. Fue una dama acostumbraba a realizar obras de beneficencia, aunque especialmente, gozaba organizando grandes recepciones y fiestas que eran el comentario del ambiente donde se desenvolvía. Trascendieron varios episodios oscuros de su vida, pero el peor fue la tormentosa relación que mantuvo con su hija y su esposo que terminó con el asesinato de su yerno, a través de dos sicarios. https://medium.com/@hugoolaguna/mar%C3%ADa-de-la-luz-sosa-y-lima-78154387b7d9

[3] El canal Tajamar proveía de agua a la arboleda urbana y a las plazas ubicadas en la parte oeste del casco urbano de la Ciudad Vieja. Está parcialmente entubado desde 1912 debajo de la actual Av. San Martín y, actualmente, funciona como un colector aluvional que deriva las aguas hacia el norte. El autor refiere que era común, en los días de agobiante calor, que algunos se bañaran en él, con escasa (o ninguna) vestimenta.

[4] La Iglesia de San Agustín, estaba ubicada en la Ciudad Vieja sobre calle Alberdi, una cuadra más hacia el oeste de las actuales ruinas de San Francisco.  

[5] Albión es la denominación más antigua que se conoce de la isla Gran Bretaña. Aún se utiliza de forma poética para referirse a la isla, e incluso, por extensión, para hacer referencia al Reino Unido o Inglaterra.

[6] Hipona es un antiguo pueblo del norte de Africa donde nace Agustín. Posteriormente se convertiría en santo, padre y doctor de la Iglesia católica.

[7] Surrey: Antiguo modelo de automotor fabricado a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

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